Sin retorno

Si hay seguidores que piensan que la causa de los problemas soy yo… bueno, lo siento por ser esa causa de los problemas. Lo que debemos hacer ahora, incluso cuando perdemos así, es estar todos juntos. Todo lo que podemos hacer es volver y ofrecerles una buena actuación‘. A Arsène Wenger parecen no afectarle las encendidas críticas. Después de caer con sonoro estrépito en Anfield por cuatro goles a cero y sumar un nuevo episodio de sonrojo en la reciente historia del Arsenal, todos los focos apuntan de nuevo hacia el banquillo gunner. Son ya demasiadas moratorias. Demasiadas convocatorias de gracia salvadas in extremis por el técnico alsaciano, a quien he defendido con fervor en las últimas campañas blandiendo siempre la espada de su brillante trayectoria al frente del equipo. Siempre con la vista puesta en el pasado. Ciñéndome a lo que fue capaz de hacer y al enorme mérito que tuvo el haber planificado y dirigido la modernización absoluta del club y no a lo que está consiguiendo en el presente. Pero lo de este Arsenal, exhibiendo sus miserias en cuanto tiene la más mínima exigencia y enfangado en una situación deportivamente caótica desde hace muchos meses, ya no tiene defensa posible. Ni siquiera apoyada en el exitoso pasado.
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La reiterativa acumulación de fracasos vergonzantes en los partidos ante los equipos punteros de la Premier League se hace ya insostenible. Abucheado por un sector cada vez más amplio y representativo de la afición gunner, la capacidad de reacción de Wenger parece haberse reducido hasta el extremo de que ni siquiera sus explicaciones posteriores a la debacle resultan plausibles. En una rueda de prensa de apenas poco más de dos minutos despachó la calamitosa actuación de Liverpool. Como si ni siquiera tuviese argumentos para excusar el rendimiento de su equipo, todo ello tan solo unos meses después de haber firmado la extensión de su contrato por la actual y la próxima temporada. Una maniobra de renovación del técnico francés, formalizada días después de conquistar la FA Cup ante el Chelsea, que buscaba devolver al club a aguas tranquilas en las que navegar sin riesgos y que, en contra de lo pretendido, ha situado a la institución en un punto de cada vez más complicado retorno.
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No queda nada de lo que encumbró a Wenger. Ya no hay fútbol vistoso y sólido. Ya no hay promesas desenterradas de cualquier equipo secundario francés gracias a la capacidad de detección del talento por pulir del alsaciano. El equipo se muestra cada año más debilitado. Ensimismado en su propia leyenda e incapaz de asimilar el paso del tiempo y la imperiosa necesidad de renovarse prácticamente a diario que impone el fútbol actual. Quizá el error fue ofrecerle la renovación el pasado año a un técnico que no parecía dispuesto a cambiar nada, que iba a seguir el único camino conocido desde el ya lejano 1996 esperando que las cosas cambiasen por sí solas, sin poner nada por su parte. Pero las crisis no se solucionan sin cambios. No siempre la estabilidad que supone la perpetuación de un técnico es la mejor medicina para sanear un club. Son ya 67 años a sus espaldas, veintiuno al frente de la institución y muchas oportunidades perdidas de dar un paso a un lado.